El alma necesita recordarse a sí misma lo que Dios ya ha hecho
«Bendice, alma mía, a Jehová, y no olvides ninguno de sus beneficios. Él es quien perdona todas tus iniquidades, el que sana todas tus dolencias.»
Salmo 103:2-3
David se habla a sí mismo: «bendice, alma mía». No es un mandato para otros, es una orden que se da a su propia alma, porque sabe que ella tiende a olvidar. La palabra «ninguno» no es casual: incluye tanto los beneficios que notamos como los que damos por sentado.
Menciona dos de ellos juntos, a propósito: el perdón y la sanidad. No los separa como si uno fuera espiritual y el otro físico y ajeno a la fe; los pone en la misma frase, como parte de la misma obra de Dios. El mismo Dios que perdona lo que hiciste mal también atiende lo que en ti está roto o enfermo, aunque no siempre en el tiempo que esperamos.
Para pensarlo hoy
- Haga hoy su propia lista de beneficios que ha dado por sentado.
- Traiga ante Dios, con nombre y apellido, una dolencia que necesita que Él toque.
- Recuerde que el perdón y la sanidad vienen de la misma mano, no de manos distintas.