«No temas, porque yo estoy contigo; no desmayes, porque yo soy tu Dios que te esfuerzo; siempre te ayudaré, siempre te sustentaré con la diestra de mi justicia.»
Isaías 41:10
Hay noches en las que el miedo no tiene nombre. No es un peligro concreto que se pueda señalar con el dedo — es más bien un peso difuso: la salud, el dinero, un hijo que no contesta el teléfono, una decisión que no sabe si tomar. Y en medio de ese tipo de temor, sin rostro y sin horario, Dios le habla a un pueblo que estaba viviendo algo parecido: destierro, un imperio más fuerte a las puertas, y la sensación de haber sido abandonados. Ahí nace este versículo.
Isaías escribe estas palabras a un pueblo que estaba a punto de perderlo casi todo — su tierra, su templo, su forma de vida — frente a Babilonia. Y justo antes de esta promesa, Dios hace algo curioso: se burla de los ídolos de las naciones vecinas, porque hay que clavarlos con estacas para que ni siquiera se sostengan en pie. Un dios que hay que sostener no es un dios en quien apoyarse. Y entonces, justo después de esa burla, llega la promesa contraria: «Yo te sostendré a ti.» No al revés.
Fíjese en la estructura de la frase: «No temas… porque yo estoy contigo.» No es una orden seca sin motivo, como cuando alguien le dice «cálmate» sin darle ninguna razón real para hacerlo. Es un mandato con una promesa pegada. Dios no le pide que deje de temer a puro esfuerzo de voluntad; le da una razón concreta: Su presencia.
Y luego vienen tres verbos, uno detrás de otro, como si a Dios no le bastara con prometer solo uno: «te esfuerzo», «te ayudaré», «te sustentaré». No es la promesa vaga de que «todo va a estar bien». Es Dios comprometiendo su propia fuerza para sostenerlo a usted de pie.
Lo que más me detiene de este versículo es la palabra «diestra» — su mano derecha, la mano de fuerza — y además «de mi justicia». No es solo que Dios tenga el poder para sostenerlo; es que tiene también el derecho y la voluntad de hacerlo, porque usted le pertenece. Los enemigos que hoy parecen inamovibles, dice el mismo capítulo un poco más adelante, «serán como nada» — no porque desaparezcan por arte de magia, sino porque dejarán de tener la última palabra sobre su vida.
Si esta noche el miedo no tiene nombre concreto, tal vez todavía no necesita una respuesta concreta. Necesita, primero, recordar de quién es la mano que lo sostiene.
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